Así se baila la cumbia

«Ser de León y no bailar cumbia es una contradicción hasta biológica» dice Daniel en la gasolinera. Le pide al despachador doscientos pesos de verde para su Chevy 2001 que jala de milagro. La China, novia de Daniel, se baja al Oxxo por un six de cerveza en lo que llenan el tanque. Junto a mí, en la parte de atrás, viene Rodrigo, El Rod, primo de Daniel. Es sábado por la noche y vamos rumbo a la colonia Diez de Mayo a una fiesta sonidera que promete.

La China se sube al coche, abre la caja con cervezas y nos ofrece una lata a cada uno para «ir calentando motores». Suena ‘Fuego’ de Bomba Estéreo en las bocinas del Chevy. Daniel ha invertido más dinero en el equipo de sonido que en todo el auto. Estudió Antropología Social y está haciendo su tesis sobre los bailes sonideros de León. Se entera de las fiestas que se celebran cada fin de semana gracias a un grupo de Facebook. Corre el año 2017 y ninguno de nosotros ha escuchado sobre el Covid-19.

Entramos a la Diez de Mayo por una calle sin pavimentar repleta de baches y piedras. El Chevy brincotea y El Rod, flaco y largucho, se pega en la cabeza con el techo. «Ya vamos a llegar», avisa Daniel con una sonrisa. La China baja el volumen de la música para detectar el baile sonidero. Conforme nos adentramos en una de las colonias más peligrosas de la ciudad, percibimos la inconfundible letra de la Guaracha Sabrosona cada vez más cerca. Daniel se estaciona detrás de una camioneta Estaquitas y nos bajamos con las tres cervezas que nos quedan. «Aquí es», anuncia.

Caminamos unos cuantos metros hasta una cancha de fútbol de tierra que se ha transformado en pista de baile. El sonido está bien puesto en el medio como un réferi. Destacan cuatro bocinas de buen tamaño y un juego de luces debajo de un toldo.

«Vamos a bailar mi gente. No queremos ver a nadie parado ni agüitado. Y diceeee viene para toda la bandera, sonidera, cumbiambera, caguamera. Saludos para El Chita; ya llegó El Niñote; ándale, Andrés. Un saludo para Los Guerreros, los reyes de la tres cincuenta y siete. Corre que corre, vuela que vuela», dice el sonidero al micrófono. Su entonación me recuerda un poco a los merolicos de la Feria que ofrecen cobijas San Marcos, colchas y toallas sin respirar. «Vamos a bailar en la Diez de Mayo con toda la bandera cumbiambera sonidera. Con toda la banda loca; puro pinche colega».

Nos acercamos con reserva; vamos tentando el terreno. Dos mujeres se colocan al centro de la pista. Una de ellas usa conjunto deportivo, la otra un vestido ajustado descubierto de la espalda. Ambas llevan el cabello teñido. Bailan juntas y mandan a la goma a un güey turulato con mona en la mano que termina bailando solo cerca de las bocinas. No muy lejos hay un puesto de comida. Venden papas con salsa Maga y caguamas Victoria. Las caguamas bien muertas se asoman en una tina rebosante de hielos. Daniel compra dos familiares y nos las pasa. La gente comienza a llegar. Sonido El Rey se encarga de poner sabor a la noche.

Un señor flaco, de bigote, con tatuajes en el cuello, playera holgada y bermudas, baila la cumbia: ‘El niño carita sucia’ con una muchacha que le saca por lo menos media cabeza. La toma de la cintura, se mueven bien; ‘se discuten’. La gente se coloca alrededor para ver de cerca a la pareja al centro de la pista de tierra. «El secreto está en la muñeca», asegura Daniel mientras el sonidero grita ¡Échale papá! La China nos señala a otra pareja que comienza a robar miradas. Son un cholo y una mujer trans que muestra el vientre musculoso y tatuado. Bailan con maestría. Sus pies se entienden, no dan paso en falso, se la saben toda y la disfrutan. De fondo suena ‘La cumbia de las caleñas’ versión rebajada.

«León es una ciudad sonidera al nivel de San Luis Potosí, Puebla y hasta Monterrey o la Ciudad de México. Aquí hay un montón de sonidos. Acapulco, Piter Boys, Sonido Alberto, Sonido Carlos, El Ranchero, Sonido Monaguillo, Sonido Tropical Llamarada, Sonido La Raza, Sonido Picotero, La Cotorra, Sonido La Ruana, Sonido Pinky, Sonido Escoria y Sonido Cumbita», enlista Daniel emocionado.

Un morro de unos dieciséis años con los pelos pintados de verde, saca a bailar a La China. «Ya te la bajaron», increpa El Rod a Daniel, quien le responde levantando el dedo medio. La China se defiende; da vueltas y regresa sin mareo. Mueve la cintura al ritmo de la música y sus caireles se agitan en el aire. Entonces Daniel me saca a bailar. «Soy bien mala» le advierto. «No le hace» me contesta. Bailo como puedo; siento que mis pies se hacen nudo. «Estás pensando mucho. Mira, tú déjate llevar. Mi mano te va a indicar para donde tienes que ir». El Rod cuida las caguamas y se ríe de nosotros o de la situación; difícil saberlo. Después de un rato agarro el ritmo y comienzo a bailar. No tan bien como La China o la chica trans, pero bailo mejor que antes. «Ya ves. Así se baila la cumbia», resalta Daniel con una sonrisa bien sincera. De fondo suena ‘Cumbia del Monte’.

Una señora bajita saca a bailar al Rod, que no da una. Lo despachan antes de que termine la canción. Él no se agüita y le da un trago largo a la caguama. La nube de humo densa nos alcanza. Huele a mota y cigarro. La pista está llena. Se siente el calor del baile. Un don bien voluminoso baila ‘Muñeca Esquiva’; se abraza y cierra los ojos. «Ya se armó la rueda. En la pista se destroza. ¿Dónde anda el Pelusa? A ver ese Pelusa», vocea el sonidero. Minutos después aparece en la pista un chico gay altísimo que interpreta pasos de baile exóticos, complicados. «Ese mi pelusa. Enséñales a bailar», exclama el sonidero. La fiesta sigue, la tierra se levanta. Por ahí anda un rockero con el cabello largo engominado y playera del TRI que se echa unos pasos de baile flexionando las rodillas. El Rod y yo observamos la escena desde la orilla. Daniel y La China bailan ‘Corazón Enamorado’, compiten con otras tres parejas expertas. Los demás se abren para darles espacio. Se lucen bajo un cielo nocturno despejado en el que se alcanzan a ver unas cuantas estrellas. El Rod me toca el hombro y señala una esquina lejos del barullo. Dos hombres discuten. Uno parece ropero, el otro está mucho más chaparro, pero macizo. El gigante se acerca peligrosamente al chaparro y le da un empujón. En menos de un parpadeo se agarran a golpes. Otros dos sujetos se meten y comienzan a pelear a puño limpio. De un momento a otro se arma la campal. Daniel nos jala a La China y a mí lejos del gentío. «Hay que caer antes de que llegue la tira», advierte. El Rod observa entretenido la pelea y camina sin despegar los ojos del terregal. Nos movilizamos al coche de Daniel lo más rápido que nuestros pies cansados lo permiten. El Chevy tarda varios minutos en encender. A lo lejos suena ‘La Cumbia de las Campanas’. Ya sobre la avenida vemos pasar dos patrullas a toda velocidad. El sonido de las sirenas musicaliza nuestra huida. «Estuvo bueno», dice El Rod y nos reímos.

Sonido Escoria

Escucho a lo lejos los ritmos de Sonido Escoria de Chapalita y me llega el recuerdo de mi primera fiesta sonidera. Algo se celebra en la calle Canadá, algún cumpleaños o fiesta patronal. El sonido de las cumbias junto a la voz del sonidero me recuerda a Daniel bailando con La China bajo el cielo estrellado. Ambos viven en Yucatán y tienen una hija. Al Rod no lo he vuelto a ver desde ese día de fiesta en la Diez de Mayo. No tengo idea de si aprendió a bailar. Yo me conformo con poner cumbias de vez en cuando en los bares del Centro y ver a las parejas moviéndose al compás de la música. Así la felicidad se contagia, igual que el ritmo de una buena cumbia.

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